Libro # 3
Serie de Pequeñas Crónicas y
Relatos Intrascendentes
VISITANDO SU
TUMBA
Parapetada
en los remedos de arcadas de la universidad, sigue desde la distancia y con
disimulo, el ingreso de visitantes al jardín localizado al otro lado de la vía.
De esta manera, a sabiendas de que no puede pasar desapercibida su presencia,
cumple simbólicamente con dos de los objetivos de su vida. Uno, aparentar que
por fin ha ingresado a los estudios superiores y el otro, creer que, por
siempre, alguien estará al frente de su sitio de descanso.
No
le agrada la universidad en la que desde hace algunos meses se aposta
diariamente por lapsos de dos y tres horas, pero no puede evitarlo. La cercanía
entre los dos lugares es estratégica y por ello el sitio adecuado para el
cumplimiento de sus propósitos. No pudo, en plena juventud, ingresar ni a ésta
ni a ninguna otra universidad porque sus padres se arruinaron de la noche a la
mañana. Se acostaron ricos y despertaron en la ruina. Todo se perdió en una
sola noche. Dineros ocultos, depósitos bancarios, acciones en la bolsa, bienes
muebles e inmuebles, se volatilizaron, y hasta su único hermano, Federico,
desapareció en las tinieblas de esa extraña noche, encontrándose por la mañana
una nota escrita sobre la mesa del comedor, bajo una taza chocolatera, en la
que trataba de explicar las ocurrencias que dejaban a la familia a expensas de
la caridad.
Si
hubiera podido, se repetía mentalmente, jamás se hubiera matriculado en este
centro de estudios superiores, que no es más que un centro de perdición para mujeres.
Piensa que “no obstante el alto grado de corrupción de la sociedad actual, aquí
entran niñas y jovencitas vírgenes físicas y mentales y egresan con el título
de expertas en peripecias horizontales, con énfasis en el manejo de cuerpos en
la cama. Pensaba que todo se debía a la malquerencia, al espíritu maligno de
los resentidos sociales, pero los días que aquí he pasado me confirman que la
mayoría de las mujeres tienen como aulas las camas y camastros de los moteles,
hoteles y residencias que con extraña rapidez se han venido construyendo a lado
y lado de la vía y de los pueblos circunvecinos”. Pero ya no le importan estas
cosas convencida de que toda la verdad la encierra el soez adagio que asegura
que “cada uno hace de su capa un sayo y de su culo una jareta”.
Lo
que ignoran los que entran y salen de los predios universitarios o los que van
y vienen por la carretera, es que Diana Segura, que también por arte de
birlibirloque y en seguimiento de la moda, perdió su españolizado nombre por el
anglicado de una afamada, alocada, insaciable e insatisfecha “dama” de título
rimbombante de una realeza carcomida, cuyo esposo parece que no tiene más
ánimos que para mirar a dos pasos de distancia de donde se encuentra, y por esa
razón ya no la llaman Diana sino “Dayana”. En el fondo agradece el asunto,
porque algunos ya la llamaban Diana Insegura, por no hacer claridad sobre lo
que quiere. Ella está obsesionada con la muerte “porque si uno se demora más
tiempo muerto que vivo, es porque la vida del más allá es mejor que la de acá”.
No obstante su obsesión, se esmera por estar siempre bien presentada, gozando
de buena salud y atendiendo otros motivos que corresponderían a los que aman
esta vida.
De
alguna manera, porque en ese entonces sus miras eran otras y no se detenía a
auscultar problemas cuya resolución no le incumbían por ser muy joven, sus
padres allanaron los obstáculos y reunieron los dineros con los cuales atender
los requerimientos de los acreedores. En tres años la familia Segura volvió a
la seguridad de no deberle a nadie y retornaron al sitial en donde los habían
dejado los abuelos, el buen nombre y la rancia estirpe de la familia. “Pobres
pero honrados” fue desde entonces el emblema del escudo y los blasones.
Al
morir su padre, ya manejaba con propiedad los ajetreos de una oficina del
“Palacio” Municipal en la que se reconocía su capacidad intelectual, sus esmeros
por hacer las cosas bien, pero por, sobre todo, su buen comportamiento y su
reconocida honestidad en el trámite de los asuntos que se le encomendaban.
Sabía que esas cualidades apenas sí le garantizaban la permanencia en el cargo,
permanencia hablando literalmente, o lo que es lo mismo, que no habría ninguna
posibilidad de ascender a una posición mejor. Las mejores estaban para pagar
regodeos sexuales o para dejar escampando a los hijos de las familias de las
altas capas sociales que habían despilfarrado el patrimonio heredado de sus
abuelos, que jamás pensaron que el producto del contrabando, la falsificación
de billetes, el robo de ganado y otros ilícitos con los que amasaron sus
fortunas, habrían de diluirse en las salones del club social o en las mesas de
ruletas de los casinos del Corralito de Piedra, a donde viajaban para aparecer
como acaudalados hombres de negocio sin saber más que gastar sin medida ni
descanso.
La
buena suerte volvió a tener cabida en sus bolsillos y comenzó a ganarse algunos
pesos en un juego del gato y el ratón, en el que la mujer del gato siempre sale
gananciosa. No volvió a sellar después de acertar por vigésima vez los números
ganadores, al recibir la visita de dos individuos malencarados cuyos adornos
consistían en gruesas cadenas colgándoles del cuello, no menos gruesos anillos
en los dedos, aretes en los lóbulos peludos y enormes pistolas punto cuarenta y
cinco en la cintura, que le expresaron la duda de los mininos sobre su buena
suerte. “Si sigue sellando, el próximo premio se lo pagamos en monedas dum dum
en la cabeza, porque los únicos que podemos ganar somos los gatitos”. Entendió el
mensaje y concluyó que, si los cientos de ciudadanos que sellan lo supieran,
nadie participaría en el asunto. Dedicó entonces sus esfuerzos a las loterías
oficiales y después de largos meses de espera, llegó el acierto y con él una
buena suma de dinero, de la cual sólo pudo salvar la mitad, ya que debía
“vacunarse” cada cierto tiempo y entregarle valores apreciables a los paracos
“para defender los bienes de la gente de trabajo como son las fincas y el
ganado que producen la riqueza nacional”
pero estos bienes son de los ganaderos y ella no tenía ni piojos en la
cabeza; a los guerrillos “para garantizar que la lucha del pueblo acabará por
siempre jamás con las desigualdades sociales” pero que por siempre jamás han
venido en el asunto y nada que triunfan y todo se vuelve peor; a los organismos
armados “para garantizar la lucha por la defensa de la vida, honra y bienes de
los ciudadanos y la libertad y la democracia” pero analizaba que el sofisma
sonaba bonito en los labios del presidente y de los generales, nada más, porque
la vida en el país ya no valía ni un pito de papaya. “Total, se dice así misma,
que aquí no hay más que ratas y ratoncitos con disfraces diferentes, pero con
un mismo objetivo: acabar con los pendejos”. Sacó lo que le quedaba en las cuentas
bancarias, anunció con cara de tristeza que la habían dejado en la miseria,
ajustó los gastos a la mínima expresión y dejó de comprar en el almacén de la virgen,
en donde fían con largueza y prontitud a los empleados públicos, que con la
cuota inicial pagan el valor del artículo y los réditos de dos o tres años van
a engrosar el patrimonio de la “generosa” familia. Abrió por sí misma un hoyo
debajo del escaparate, metió en una lata metálica de galletas de soda el dinero
que le quedaba, apartó lo que le serviría para todo un año en su nuevo plan y
cierta cantidad con la que se presentó al día siguiente ante el viejo Ricardo
para comprar una tumba en el jardín cementerio que administraba, porque en el
cementerio central no cabía ni la osamenta de un pollo recién nacido.
Fue
entonces que entró a su cerebro y a su cuerpo todo, la obsesión por la muerte.
Amaba la muerte. Esperaba la muerte. Consideraba que allá en el más allá, las
cosas debían ser diferentes. No habría gatas golosas, ni cadenas mortales, ni
para militares, ni guerrillas, ni narcotraficantes, ni peculadores, ni nada que
se semejara al delito. “Desde que nadie regresa es porque nadie quiere venirse.
Allá sí que debe existir la justicia sin juanes ni osorios ni manipuladores, ni
fiscales complacientes ante el paquete de billetes, ni jueces que se hacen los
ignorantes ante los cerros de hojas de las sumarias mientras que no les caben
en los bolsillos los fajos, ni magistrados que van de una ciudad a otra en
busca de medallas y medallitas y con ellas los milloncitos”. Preparó todo y
desde entonces, cuando el viejo Vides le informó que la tumba estaba lista
esperando el primer cliente, tomó el devocionario, el rosario de perlas
cultivadas que le bendijo el padre Darío para que no lo fuera a reventar el
odio del diablo, y se dirigió al lugar a rezar.
La
siguió cautelosamente, la vigiló en el puesto de vigilancia de la mujer, y
cuando pasadas tres horas la vio salir de las arcadas, se hizo la loca mirando
hacia otro lado y aprovechó que pasaba por su lado para mostrarse sorprendida
de encontrarla por esos lugares y la acompañó al interior del jardín
cementerio, no sin antes apoderarse de un ramo de rosas con el que disimulaba
sus propósitos. La saludó como siempre, le preguntó como estaba el resto de la
reducida familia Segura y penetraron al lugar. La Chiqui se encaminó hacia la
derecha y Diana a la izquierda.
Media
hora más tarde, la Chiquí
llegó al lado de Diana y le preguntó:
–Diana,
¿qué haces tú aquí frente a esta tumba vacía y rezando? ¿A quién le rezas?
–
Le rezo al muerto desconocido.
–
Barájamela despacio. ¿Quién carajos es el muerto desconocido?
–
¿Nunca escuchaste que en los cementerios siempre hay una tumba para el soldado
desconocido?
–
¡Ay hija mía, tu estás loca! Aquí siempre estamos en guerra no declarada, pero
todos sabemos quiénes son los muertos y quiénes los mataron. Si me hablaras de
desaparecidos, te lo aceptaba, porque para desaparecer pendejos todos tenemos
un don especial en este país. ¿Cómo hablar entonces de muertos desconocidos?
¡No joda! Yo creo que te falta poco para
verte por las calles de este puto pueblo recogiendo papelitos y pedazos de periódicos,
con un saco de fique en el hombro lleno de corotos sucios, durmiendo en los
andenes o en el atrio de la
Catedral , si es que acaso no haces como la enfermera que
escribe versos de amor a un hombre invisible.
–
No Chiqui, no estoy loca ni siquiera porque así les parece a todos. Compré esta
fosa y si vengo todos los días a rezar, es por mí, adelantándome al silencio y
al olvido en que habré de quedar cuando me muera. Vengo a visitar mi propia y
futura tumba, mi casa desde que muera, mi lugar de descanso por siempre jamás.
¿Crees que por eso me voy a volver loca?
–
¡No, no! No te vas a volver. Tú estás rematadamente loca, y perdona que te lo
diga, pero yo no le niego la verdad a nadie por muy amiga o enemiga mía que
sea. Sabes muy bien que de la
Chiqui Álvarez pueden decir todo lo que les de la gana, menos
que no le cante la tabla al más pintado. Primero muerta que disimuladora,
porque yo no soy escaparate de nadie para guardar cosas que se deben saber.
Puedes tener la seguridad que, desde mañana, el pueblo entero sabrá de tu
obsesión. Te pregunto: ¿Le pedimos al párroco de la Catedral que te deje usar
un cupo a la entrada o te quedas aquí desde antes de morirte?
–
Para que veas Chiqui que no estoy loca, te pregunto: ¿Cuál es la religión
verdadera?
–
¡Ahora sí llegamos a donde íbamos! Con toda seguridad que Carlos, Néstor y Blas
te entregaron un tomo de la
Biblia y esas lecturas sí que deschavetan a la velocidad de
la luz.
–
No, no ha pasado eso. Te quiero informar que, si cada loco tiene su tema, todos
los locos unidos jamás se apostan frente a un templo de las otras religiones,
credos y sectas, sino frente a las iglesias católicas. La llamada de Dios la
entienden hasta los locos.
–
¡Párate ahí, frena el carro de tu lengua porque yo no voy a discutir contigo!
Esas vainas de religión las tratas con otros, porque la Chiqui Álvarez no come
cuentos. Ni folletitos ni biblias, ni medallitas ni novenas ni misales. A mí,
como decía la vieja Sandra, plata en mano, culo en tierra. Dame mi pedazo de
yuca con un trozo de queso, una taza de café con leche caliente y puedo decir
sobándome satisfecha la barriga, que ya desayuné. Lo demás, dejémoslo a los
idiotas, porque si los curas roban, y son de la religión verdadera como tú
dices, los otros te piden los diezmos y las primicias para engordar a los
hermanos pastores. En este asunto no encuentras por dónde agarrarlos, porque
todos juntos, son la misma varita sucia de mierda.
–
No me importa que digan que estoy loca. No hago más que visitar mi tumba.
EN
EL VELORIO DE OLEGARIO MONTES
Ante
las dolorosas consecuencias de los paseos infernales de la policía llamada popol, del ejército y de las chusmas
liberales, así como delincuentes comunes que a nombre del gobierno cometían
tropelías en los campos, los de El Limón, Canalete, Buenos Aires y otras
veredas optaron por levantar sus viviendas en sitios estratégicos, que les
permitían ver lo que se acercaba sin ser vistos y poder huir. Las gentes de la
tierra preferían correr que enfrentar la muerte segura de los que, sin
compasión, diezmaban los campos.
Fue,
cuando llegó un descanso en la lucha fratricida, la razón para que la casa de
Pedro Madera se convirtiera en el centro de comunicación desde el cual se
irradiaban las noticias y las razones que provenían de otros lugares para los
que por allí habitaban. Vivían prácticamente en la selva, y las pocas zonas
civilizadas constituían todo el patrimonio de las familias que se atrevieron a
desafiar el clima, los peligros naturales y las enfermedades, para tener en
donde levantar una vivienda, sembrar productos de pan coger y mantener en los
amplios y largos patios las gallinas, los marranos, los pavos, los patos y
otros, con los que aseguraban la alimentación de ancianos, adultos, jóvenes y
niños. Por lo menos una vaca lechera, deambulaba en lo que llamaban patio, pero
que para los habitantes de una ciudad se consideraba una finca.
El
hombre a caballo llegó a las seis de la mañana y ni siquiera quiso aceptar una
taza de café porque su misión llegaba a los límites del mar, en donde las olas
bañan las ubérrimas tierras, para luego meterse por Mulatos y Mulaticos, y
aflorar, después de dos días de camino, en las cercanías de Necoclí, final de
su tarea.
Pedro
Madera recibió el recado y cuando observó que el jinete, con su cabalgadura
sudada dobló por el recodo del camino, rumbo a El Limón y Canalete, informó a
su compañero y a sus hijos el motivo de la fugaz visita. Sorbió con cuidado el
humeante y negro líquido de su totumita de concha de coco en la que todas las
mañanas y todas las tardes, bueno o enfermo, degustaba café recogido en las
plantas que con cuidado mantenía bajo el fresco de seis tamarindos, cuatro
mangos y una treintena de matas de plátano. Terminada la ceremonia matutina, se
dirigió al final del patio cuyo límite era una quebrada que surcaba en verano
con sus aguas cristalinas, casi toda la región. Se puso, las manos en las
mejillas para formar una bocina y gritó a todo pulmón:
— Compadre Teodoro, tengo una
información para todos. Avíseme si escucha bien.
La
claridad de la mañana, la corriente de aire fresco, la carencia de ruidos
debido a que muchos aún se encontraban en la cama por ser domingo, llevaba la
potente voz no sólo a la casa de Teodoro Mancilla sino a por lo menos cinco o
seis de las otras de la cercanía. Pedro lo sabía, pero si preguntaba era más
como una forma de alertar a los otros, para que cada uno de ellos a su vez,
trasladara la información hasta llegar a otras veredas, que a su vez, también
la multiplicarían.
— Lo escucho bien, compadre
Pedro. ¿Qué pasa?,
responde Teodoro con voz clara y fuerte. Sabe que su respuesta debe ser audible
a los demás que escuchan a la distancia.
Hay
unos minutos de silencio y de expectativa. Un informe del viejo Pedro que, de
paso no es tan viejo, pero todos le llaman así a manera de expresión cariñosa,
y a él le agrada porque lo equipara desde temprana edad en el grupo de los
hombres a los que más se respeta en la región. Sólo se califica como viejo a
los hombres curtidos en las faenas diarias y que por ser un algo más
inteligentes que el común de los habitantes, han mostrado maestría, entusiasmo,
valor y dedicación al trabajo. Se ganaron el respeto teniendo como base la
honestidad, la honradez, la seriedad en el cumplimiento de la palabra y otros
valores y cualidades.
— Julián, el vaquero principal
de Julio Oviedo, acaba de pasar para dejar el informe de que el maestro
Olegario Montes murió en la madrugada en Buenos Aires… Lo entierran pasado
mañana en la tarde…Allá esperan que vayamos a acompañarlos…Los que puedan
viajar me avisan, porque yo estoy listo para salir dentro de dos horas…No
olviden llevar comida, velas, café, azúcar y hamaca, porque son nueve días…
A
la izquierda se oye el primer grito de respuesta, de uno de los hermanos
Negrete:
— Ueyyy mano Pelloo…lo acompaño
con mi mujer y mis hijos, porque el compae Olegario me bautizó a dos de ellos y
no puedo estar ausente en el entierro. En menos de una hora estoy donde usted
listo para viajar….
Los
gritos se repiten desde diferentes direcciones y todos expresan su voluntad de
acompañar en el último momento al compadre Olegario. Los últimos en oír la
noticia la repiten y estos la van repitiendo y multiplicando. Saben que el
emisario tomará el camino a San Juan y que por ello no es necesario que viaje
al Limón ni al Carmelo. Todos deben saber ya la noticia, porque los campesinos
se las van enviando a gritos. El sistema primitivo de las comunicaciones tiene
vigencia en esta tierra y aún, en el caso de enemistades, lógicas en las
relaciones entre humanos, se repite la noticia para que los demás estén
enterados de lo que pasa. Hoy por ti, mañana por mí, es la consigna.
La
caravana está lista a las diez de la mañana. Cerca de medio centenar de
familias se han reunido con sus caballos, yeguas, mulos, mulas, burros, burras,
sus toldos y hamacas, varios cientos de manos de arroz, todos los racimos de
plátano, de popoche, una variedad de
plátanos que recibe también el nombre de cuatro filos que cada cual tiene en
sus parcelas, yuca, ñame, pollos y gallinas, cerca de una docena de lechones
bien gordos y una que otra novilla, así como veintidós micos prietos y monos
colorados, que acompañarán la comida, porque sus carnes son apetecidas por
todos. Las mujeres y los niños van empotrados sobre las enjalmas de las bestias
de carga, porque el camino, pese a que Olegario ya está muerto, será una lucha
contra todos los obstáculos para estar en el lugar a la hora del entierro de
los restos mortales del compadre, conocido o amigo. Los muchachos no tienen
idea de las razones de ese traslado tan intempestivo, por lo que alegran el
camino con sus chácharas sobre diferentes tópicos.
A
las ocho de la noche, luego del largo recorrido a marchas forzadas, la caravana
llega a su destino. No entra a Buenos Aires porque el difunto tenía su parcela
a las afueras del caserío. Los llantos de la viuda, de sus hijas, de sus
nueras, así como de otros familiares, acogen a los que llegan. Juntos repiten
las bondades de quien en vida supo levantar una familia decente, honesta y
trabajadora. Todas las cualidades salen a relucir en medio de los gritos de
lamento por la muerte del jefe del hogar. Un rato después baja el tono de los
alaridos, se convierten las lamentaciones en gemidos y se llega, finalmente, al
silencio, hasta cuando arriban otras caravanas de otros lugares, cuando se
repite la misma escena. Cada familia busca acomodo dentro de las restricciones
del hogar del muerto, que si acaso puede acoger a la familia. Pero no vinieron
a dormir en camas mullidas ni a guarecerse en cuartos y salas o salones. Todos
se las ingenian para prepararse a dormir en medio de las incomodidades. Los
hombres sacan sus calabazos de ron ñeque para paladearlo en el frío de la
madrugada, porque no van a dormir, y conforme al uso, se preparan para reírse
con las narraciones sobre tío conejo, el más popular en los cuentos de la
región, de tío tigre, tío burro y otros animales que salen a relucir en
anécdotas, o narraciones sobre duendes, brujas, espantos, vampiros, diablos y
diablitos, así como de santos protectores.
Es
la costumbre y mientras se cumple el receso con las oraciones de cada hora, se
entretienen con juegos de mesa como el dominó, el arrancón, el fierrito, las
veintiuna americanas y otros.
EL DIA QUE
MATARON A JORGE GARZON
A
Jorge Garzón lo mataron por error, creo que fue así, o porque tenían que
encontrar una razón para matarlos a todos. La asonancia de su nombre y apellido
con los del jefe guerrillero que combatía contra la policía política en una
región cercana, fue fatal para su existencia. Lo que sí puedo asegurarle es que
con asonancia o sin ella, confusión o maldad, el hombre murió como deben morir
los machos de pelo en pecho, sin pedir ni tregua ni clemencia, sin que ninguno
de los músculos de su cuerpo mostrara el más leve temblor, sin una lágrima, con
la mayor seriedad en su rostro por el cual no brotó ni siquiera una gota de
sudor. No dijo más que lo que los interrogadores pedían. Mirando sin mirar a
sus asesinos, entregó la vida. No demostró miedo, ni valor, ni dolor, ni
siquiera una esperanza. Sabía que iba a morir, pero no satisfizo a sus asesinos
con muestras de debilidad o de arrojo. Considero que fue lo mejor que hizo, por
la sencilla razón de que todo asesino piensa que su víctima debe mostrar una
faceta que lo afecte. O debilidad y miedo, o arrogancia y valor. Jorge Garzón,
sin ánimos de ofender su memoria, murió sin pena ni gloria.
No
recuerdo la fecha por que los años borraron de mi memoria, poco a poco, esos
acontecimientos, y también, porque los momentos felices que vinieron con los
hijos y los nietos me obligaron a estar pendiente del presente y a prepararme
para mañana, si es que Él, el que todo lo puede, permite que haya un nuevo día
para mí.
Aseguran
algunos que todo aquel que olvida el pasado corre el riesgo de repetirlo. Mi
larga vida y el acontecer diario me obligan a pensar de otra manera. Hasta
ahora no he repetido mis errores de juventud y no podré hacerlo con las
experiencias posteriores, porque todos los días vivo una vida nueva. Cada día
es una aventura más que acumulo vanamente en el baúl de los recuerdos. ¿De qué
me sirve lo vivido? De nada, porque mañana los acontecimientos son nuevos y
diferentes a los anteriores. ¿A quién le sirve mi tesoro de vivencias? ¡A nadie!
Como dice una canción popular “lo mío es mío y nadie me lo quita”. Cada cabeza
es un mundo. Así, mi mundo no cabe en los mundos de los otros, ni el mundo de
los otros cabe en el mío. La única realidad es que aprendemos algo. Que debemos
aprender, incuestionablemente, a nacer, a vivir y a morir.
Lo
aprendido ayer y hoy son la base del mañana. ¡Mentira! Muy raras experiencias
del pasado le sirven al futuro. Tal vez en el avance de la ciencia y de la
tecnología, pero en este caso, el pasado si acaso sirve de punto de referencia,
de medio de comparaciones. Si eso fuera cierto, no habría espacio en el planeta
para guardar tanta experiencia. Nuestros hijos y sus hijos, nuestros nietos y
sus nietos, no incurrirían en errores, no caerían en el pecado, no robarían, no
matarían. Pero ellos, igual que antes lo hicieron nuestros antepasados y
nosotros, desatienden las orientaciones de los mayores y emprenden por sí
mismos el camino de la vida que deben transitar.
Hay
preguntas que los eruditos eluden. Las enseñanzas violentas y rencorosas de Jehová,
sus promesas de castigos tenebrosos, no sólo contra los infractores de sus
injustas leyes sino también de las generaciones siguientes, no se cumplieron ni
siquiera en la época de su paso por este planeta. Lo único que, corregido y
aumentado, permanece, es el despojo de bienes y tierras de los “enemigos”.
Jesús pregonó lo contrario, pero ni sacerdotes ni pastores aplican sus
enseñanzas. No pueden hacerlo porque contrarían los designios de las iglesias.
¿Qué podrían responder el Papa y los obispos de la pompa con que adornan sus
cuerpos, si Jesús nació en una hedionda pesebrera y murió casi desnudo en la
cruz? ¿Cómo pueden justificar el derrumbamiento de los templos para levantar
allí mismo otros más ostentosos, si Jesús aseguró que levantaría el de Jerusalén
en tres días y ahora se derriban luego de doscientos años de estar
construyéndolos? ¿Cómo podrían explicar los pastores los brincos de posesión
diabólica, si Jesús pregonó la verdad con tono comedido, sin el estruendo de
bandas de música semejantes a las de los drogadictos y sin gritos estridentes?
En ninguna parte de los libros sagrados aparece que Jesús, sus apóstoles y
seguidores, pidieran diezmos y primicias para comprar un camello en el que
transportarse, que eran los mazdas de la época y en los que hoy humildes
ciudadanos que surgen por encanto como pastores y sacerdotes calculadores, es
lo primero que adquieren. La P. T. del
hierro en las ancas de los terneros y novillos no quiere decir, en el registro
oficial, que sean de propiedad del Templo Parroquial.
Por
eso es por lo que reciben sin rubor el dinero que entregan los
narcotraficantes, los guerrilleros y todos los demás que mantienen viva la
violencia para su propio beneficio. Es por esas razones que convierten en
adúlteras a las esposas de los feligreses, engañan a las niñas y jóvenes,
violan a los niños, roban a los ilusos y analfabetos y antes que defender a los
pobres, se alían a los ricos. El Nuevo Testamento les ha servido para cosas
diferentes.
Mas
no es ese el motivo de lo que quiero informarle en relación con su pregunta.
Tal vez con estas disquisiciones, de pronto surgidas del odio que estaba bien
guardado y que usted ha removido como cenizas en el fogón de leña apagado, no
hago otra cosa que revivir mis propias dolencias. El Todopoderoso me permita
narrarle esos acontecimientos tal como los presencié. Antes que se pregunte
interiormente si estoy alocado o si desvarío porque ya soy hombre viejo, o se
ría en mi cara o me ataje el relato porque carece de fundamento ante la
realidad de hoy que es mucho más cruel, le aseguro que pensaba lo mismo de mis
abuelos y mis padres. Comparando sus vidas con las nuestras, las mías son un
reflejo de la de ellos y éstas inocuas ante las suyas.
Le
repito, no recuerdo la fecha. Pero como cuando uno ve una película, ésta la
presencié desde la zona de palcos. Recuerdos los detalles, la identidad de
algunos de los actores principales y secundarios, pero ignoro a los extras. La
mañana de ese día era opaca. Una densa niebla se apoderó del ambiente,
anticipándose para no ver la horrible escena que allí tendría lugar. No olvide
que la oscuridad es la principal cómplice de los criminales. Cuando a uno le
toca morir nada se interpone a lo que debe realizarse ni nada ni nadie puede
detener el golpe. Si la Parca
no puede darlo desde afuera entonces lo asesta desde adentro. ¿Hay algo más
traicionero que el golpe de un infarto? No se puede eludir. Esos golpes aleves
se los achacamos a un algo invisible e incomprensible que llamamos destino.
Igual que a todas las cosas que nos salen mal. Pero cada quién se labra su
propio destino en la extensión, altura y densidad que le viene en gana. Es
falso entonces asegurar que si alguien murió en medio de una balacera ese era
su destino. Si la esposa o el esposo cometen un acto de infidelidad, si la hija
resulta prostituta o lésbica, el hijo homosexual o ladrón, también se le
adjudica al destino. Pero todas esas cosas tienen un principio, se originan en
situaciones humanas. Perdóneme usted que me distraiga en disquisiciones, pero
cuando “imaginación y recuerdo”, dos locas dentro de mi cabeza se unen, me
resulta un problema mayúsculo quitármelas de encima.
Salí
algo tarde de mi casa hacia el terreno en donde mantenía con empeño una cinco
por uno, que es lo mismo que decir una parcela con cinco productos distintos,
debido a los dolores de muela de mi mujer que me mantuvo despierto casi hasta
la hora de salida. En mi parcela tenía cultivos de maíz, yuca, ñame, fríjol y
patilla. La demora me salvó la vida, por cuanto la policía política no entendía
razones ni explicaciones y cuando se les aseguraba que uno era azul, ellos
decían que era mentira y que lo que uno buscaba era salvar la vida.
Precisamente desde el lugar de mi escondite, un árbol de Ceiba, centenaria y
coposa, comprobé que casi todos los detenidos, algo más de cien, eran mis
amigos. Viajaban cabizbajos, tristes, rumiando pensamientos en silencio y me
imagino que cada uno pensaba en su mujer y sus hijos que quedarían en la
orfandad. Quizás el peso de las preocupaciones es más grande que cualquier otra
carga, porque todos reflejaban en el rostro el cansancio por la subida de la
alta montaña, pero la mayoría de ellos subían y bajaban dos veces al día la
montaña sin mostrar fatiga.
Los
escasos cuarenta minutos que duraron los acontecimientos fueron una tortura
para mí como espectador escondido en el ramaje de la Ceiba , en el intento de
acallar los latidos de mi corazón, en ese entonces joven y brioso, que me
parecían iguales a los producidos con los dedos de Juan Leguía al tocar las
teclas del carángano en los rifirrafes a la orilla de las playas marinas de
Puerto Escondido o de los dedos y palmares de Justo Gómez sobre el tenso cuero
de la tambora en las noches de fandango. Creía que el tic tac tic tac tic tac
de mi reloj interior debía oírse a la distancia, pero no fue así. Ni víctimas ni asesinos miraron una sola vez
hacia arriba. Le digo esto para que se meta en el asunto y usted mismo se
pregunte cómo sería el de mis amigos allá abajo, esperando el último golpe de
esta existencia para adentrarse a la vida eterna.
El
Charro, comandante de la patrulla de la policía política, miraba de un lado a
otro como buscando refugio para su propio miedo o en dónde dejar los
remordimientos de conciencia. Ordenó un alto para descansar en medio de la meseta
que corona la montaña y se reunió con sus hombres tal vez para deliberar sobre
la situación de los detenidos. A mis oídos llegaban confusos los susurros por
lo que no me enteré del tema y no puedo hacer especulaciones al respecto. Los
acontecimientos posteriores me obligan a considerar que el jefe de la patrulla
se oponía a llevar a los más de cien detenidos a la capital de la provincia a
sabiendas de que si no era calumniándolos no había razón ninguna para
mantenerlos cautivos. Creo que abogaba, pese a todo, por la libertad de todos,
con lo cual daba salida a sus confusas ideas de lealtad política que chocaban
con los sentimientos humanos que su familia guardaba y practicaba celosamente y
le habían inculcado desde la más tierna infancia. Tal vez venía preguntándose
en qué momento cambió la ruta de su existencia. Desde el sitio en que
deliberaba con los otros policías, se dirigió a uno de los detenidos:
A
ver, Pedro López, ¿de qué partido político es usted?
Del
glorioso partido azul, como usted, mi comandante.
¿Cómo
puede demostrarlo?
Usted
me conoce y lo sabe, y cuando lleguemos al “sitio” don Horacio y los abejones
monos, así como Verdolaga, podrán certificarlo porque ellos son mis jefes
inmediatos.
¿Cuáles
otros son azules?
Aquí
mi compadre Alfonso Oviedo, este otro mi compadre Luís Angulo, ese joven que se
llama Delmiro Guzmán, acá mis amigos Ángel Díaz, Lisandro Garay y unos seis o
siete más.
Según
usted, todos son azules. ¿Lo dice para salvarles la vida?
No
señor. Casi todos son mis amigos personales. Aquí, estos tres muchachos, son
hijos de mi hermana Juana Josefa, y esos dos, hijos de mi hermano Remberto, son
del partido rojo, y a pesar de ser mis sobrinos no los señalé como azules. Me
enseñaron que por la verdad murió Cristo. Si ustedes fueran de la chusma roja,
ellos habrían actuado igual que yo, y no creo que entre estos hombres encuentre
uno solo que juegue al cambio simplemente por temor o por salvar la vida. Vino
entonces un momento de silencio. Los policías y los detenidos se miraban, los unos
quizás preguntándose qué hacer y los otros qué esperar.
A
la sazón ya se encontraban en la provincia policías provenientes de un
pueblecito lejano, precedidos de la triste fama de que sólo sabían matar
militantes del partido rojo. Se sabía solamente que ese pueblo era sumamente
frío y que sus hijos jamás se bañaban, cubriéndose con un mantón de lana
llamado ruana, debajo de la cual escondían el puñal con el que asestar el golpe
avieso y disimulaban los rictus del rostro embozándose con la misma prenda.
Dijeron entonces que en tal localidad jamás nació alguien que al llegar al uso
de razón se afiliara al partido rojo. Como toros furiosos en medio de la plaza,
atacaban con saña todo lo rojo que alcanzaban a ver. Aprovechando estas condiciones, el gobierno
les quitó la ruana, los uniformó de verde, les entregó fusiles, bayonetas,
yataganes, revólveres y municiones a los policías rasos y sables a los
oficiales de dedo. En aquellos tiempos los ascensos se daban conforme al número
de asesinatos cometidos. El gobierno los dejó sueltos de madrina, como decimos
por aquí, para que cumplieran la misión de acabar con los rojos, que llenaban
las urnas de votos en las elecciones, pero no llegaban al poder, acolitados por
los que desde los púlpitos aseguraban que se trataba de cafres poseídos por los
demonios. Nunca en este país, el Diablo contó con tan buenos aliados entre los
que supuestamente debían combatirlo. Lo triste de todo esto, amigo mío, es que
estaba enterado de todas estas cosas, pero la pasión me impedía protestar.
Además, me escudaba en el pensamiento de que los de abajo nada podemos hacer y
que esas cosas estaban sujetas a los acuerdos entre los de arriba, que al fin y
al cabo son los que crean estas situaciones y les ponen remedio.
Agentes,
expresa El Charro, voto por dejarlos en libertad aquí y ahora y dejar solamente
a Jorge Garzón, el único que aparece con varias órdenes de captura por ser jefe
de la chusma.
Comandante,
señala el policía de apellido Cancino, si deja en libertad a estos sujetos se
va a meter en un gran lío.
Vuelven
a deliberar y se deja en manos de Cancino y de Piraquive, ejecutar el plan
acordado.
¡POR FAVOR, DAME UN HUESITO DE POLLO!
Contrariando las
tradiciones, Edelmira Donado se paró con firmeza en medio de la encrucijada
abriendo un poco las piernas y aferrando un crucifijo de plata bendecido por el
Papa, desde la una de la tarde, dispuesta a esperar el tiempo que fuera
necesario. Lo había retado, lo insultó en sus propias barbas, le señaló que
estaba acostumbrado a asustar a los débiles de espíritu y aprovechaba la
oscuridad de la noche para ocultarse y meterle miedo a los andantes.
El reto había sido
lanzado al mediodía del domingo de ramos y de común acuerdo fijaron la tarde
del viernes santo para despejar las dudas y establecer claramente quién tenía
la razón, que era lo mismo que ratificar la verdad de los que creían en Dios o
la de los que pensaban que Satanás era más poderoso. En las tumbas de los
cementerios del mundo reposaban las osamentas de los que por siglos habían
sostenido en abierto combate lo que creían del uno y del otro.
Nadie conocía lo del
reto ni mucho menos del enfrentamiento entre el rey de los infiernos y una
humilde mujer tachada de bruja por sus vecinos y hasta por sus familiares. Pero
Edelmira Donado, pese a los rumores, no le había ocasionado perjuicios a nadie.
Sólo que sabía realizar sus transacciones comerciales de manera exitosa, pero
no aumentaba ni rebaja su capital que era el mismo desde que tuvo uso de razón.
Pero no se amilanaba por ello. No aspiraba a ser rica, pero no llegaría a la
pobreza a consecuencia de errores en sus asuntos. No le quedaba mal a nadie y
no permitía que le quedaran mal. Nadie podía decir que le había escamoteado
algunos centavos, porque si bien no sabía leer ni escribir, tenía una mente
lúcida y una memoria fresca, fotográfica, que le facilitaba establecer si había
o no error en una cuenta. Y exigía los pagos correspondientes. Sumaba, restaba,
multiplicaba, las tres bases esenciales de la aritmética porque no requería en
sus negocios la división, ni lo pensaba. El día que muriera, si quedaba algo,
sus hijos bien podían, sin pelear, repartirse lo que dejaba.
Todo estalló un mes
antes, en el que preparó un cargamento de gallinas para llevar a la ciudad más
grande de la zona, de lo cual derivaba ganancias aceptables. Adquiría una
gallina en dos o tres centavos y la vendía en la ciudad en veinte, que le
facilitaba el pago del transporte, alojamiento y alimentación, recuperaba el
capital invertido y le llevaba regalos a sus familiares más cercanos y
queridos.
Algo extraño sucedió
cinco días antes de viajar y le dijo a quien siempre la acompañaba para una
buena atención de la carga, que se adelantara con las gallinas y la esperara en
la casa en que se alojaban. Le recomendó, sí, que por ninguna razón lo hiciera
en los dos días siguientes, sin darle explicaciones. Y el hombre, desatendiendo
el consejo, se dirigió a la ciudad en la noche siguiente. Al rayar el día, notó
que las gallinas guardaban silencio y aprovechando una parada para el desayuno
del conductor del camión y su ayudante, revisó los guacales y se sorprendió al
encontrar muertas a todas las gallinas.
Sin carga, sin saber
qué hacían con los animales muertos, regresaron al lugar de la salida. Edelmira
no dijo nada, pero no permitió que nadie aprovechara los animales que
presentaban asfixia y nada más. Dispuso abrir en un potrero cercano un hueco
enorme, en donde a manera de fosa común, las sepultó.
En su interior sabía
lo que había ocurrido y más aún, quién y por qué le había ocasionado una
pérdida enorme. No tuvo que esforzarse al recibir la visita de Mariana Posada,
una de esas raras amistades que acercan a dos personas pero que en el interior
de sus mentes y corazones hay varios kilómetros de distancia. Lo intuyó al
enterarse de la tragedia y lo ratificó cuando ella, con zalamerías y
expresándole solidaridad por la pérdida, le espetó en medio de los que
observaban las gallinas muertas:
—Ede, por favor amiga
mía, déjame siquiera un huesito para sazonar la sopa de hoy.
Inflexible, hizo un
ademán negativo y no abandonó el lugar hasta que las aves muertas quedaron bajo
una gruesa capa de tierra apisonada.
-El que quiera gallina que la saque, porque ya cumplí mi deber- dijo
-El que quiera gallina que la saque, porque ya cumplí mi deber- dijo
PROVISIONAL*
Llegaron entre el final de un viernes y las primeras horas del sábado.
Se veían cansados; la fatiga indicaba que habían caminado un largo tiempo, con
una abultada maleta cada uno en el hombro, uno con un tiple en la mano
izquierda, Manuel María, y el otro con
una guitarra en el hombro desocupado,
Luis Felipe, y alejados de la ruta por la que transitaban los vehículos, no se
sabe si huyéndole a la polvareda que levantaban y que casi no dejaba respirar o
si huyéndole a los humanos, más peligrosos que sentir, tragar y expulsar polvo.
En sus rostros, sin embargo, no había otra cosa que una a manera de sonrisa,
como manifestación externa del ánimo interior. Venían felices y charlaban de
muchas cosas como para distraerse y no sentir la longitud de la caminata.
El pueblo, a esa hora de la madrugada, se perdía entre la niebla gris y
espesa que venía no se sabía de donde, porque el pueblo quedaba entre el río,
que pasaba por la primera calle, y el mar, no muy lejano. Entre el mar y el río
tal vez la diferencia sea precisamente eso, que las nieblas son diferentes. La
del mar es inmensa, espesa y casi negra. La que produce el río es menos densa y
gris. Pero tanto la una como la otra producen frío, siendo en este caso más
fría la del mar. Pero en estos días, les informó un arriero de ganado que
encontraron en el camino y que conducía unas veinte reses que casi los atropella
porque solamente las vieron cuando estaban a pocos centímetros de ellas, que se
apartaron para evitar el obstáculo que representaban. El vaquero aseguró que a
pesar de ser verano y por ello normal la niebla de la madrugada, en estos días
opacaban hasta casi las ocho de la mañana, produciendo un frío de perro, que
ponía a titiritar a todos.
—El mundo está cambiando, amigos. Los jóvenes como ustedes dicen que
son cosas de viejos, pero los viejos creemos que no es más que el castigo que
el Todopoderoso le envía al hombre cuando se aparta del buen camino. Por aquí
nos equivocamos de rumbo y vean lo que sucede. En vez del intenso calor de las
madrugadas veraneras, estamos como si por aquí hubiera un páramo, tanto es el
frío que hace desde la medianoche. Nos estamos congelando, y esto es solo el
principio, porque el castigo divino ya no vendrá con aguaceros, sino con hielo.
¡Ya lo verán ustedes que vivirán más que yo!
—No lo crea amigo, los jóvenes estamos más expuestos a morir que
ustedes los viejos, acota Manuel María.
—Parece que usted, o no es de aquí, o hace mucho tiempo que se fue de
estos campos. Los viejos servimos para entretener a los que pretenden imponerse
a los demás. Nos torturan o nos matan dizque por saber más que los otros y por
ello somos más peligrosos. Eso dicen, ellos, los violentos. Tanto ha cambiado
esto, muchachos, que ya no hay dos partidos políticos ni dos colores de
partidos. Ahora cada ganadero o terrateniente tiene su propia campaña, sus
propios objetivos, su propio ejército para avasallar a los inermes, a los
indefensos, mejor dicho, a los pobres. Y se pasan de un partido a otro o de un
grupo al que en el momento les convenga.
—Usted es un algo atrevido, vaquero, dice el otro, Luis Felipe el del
tiple. Hablar así ante dos extraños, es muy peligroso. No solamente por estas
tierras sino por todo el país. Me perdona, soy joven pero ya avanzo hacia la
adultez y dentro de pocos años debo considerarme como uno de ustedes los
viejos. Tal vez encontremos, como dicen los gobernantes, la paz. O nos
decidimos de una vez por todas a enfrentarnos en una verdadera guerra civil y
no en guerritas donde quiera haya un cacique que pueda pagar su grupo de
asesinos.
—Tienes razón muchacho, pero llega un momento en que a uno se le sube
la mierda de los intestinos a la garganta con ganas de salir cuanto antes, y
entonces le importa un bledo lo que le pueda acontecer. Me duele por mi mujer y
mis hijos, pero si por decir la verdad me matan, creo que es la mejor herencia
que puedo dejarles, el pedacito de tierra y el valor por defender y decir la
verdad, si es que acaso la tierrita no se la quitan los gamonales alegando que
me la compraron con documento secreto, como le ocurrió a la familia de mi
compadre Expedito, al que mataron y antes de enterrarlo ya habían dos sujetos
con documento en mano reclamando el mismo bien, que mi compadre no había
firmado porque no sabía leer ni escribir. Pero usted sabe. Los que se roban la
tierra, pero primero asesinan a los dueños, a los que la hemos trabajado,
tienen más peso en los juzgados que nosotros que nada representamos para ellos.
Si, es peligroso decir las cosas, pero es peor no hacerlo. Yo sentí sus pasos y
hasta escuché la charla que traían y sin verlos estimé que son buena gente. No sé
qué pudieron hacer antes, pero ahora están despojados del sentido de la
violencia y los felicito. Los que corren peligro, en realidad, son ustedes. Se
van a meter en la boca del tigre creyendo que aquí las cosas son diferentes.
—Gracias, vaquero por sus consejos, porque no son otra cosa lo que ha
dicho. Tendremos presente sus palabras y también cuidado en el hablar y el
actuar. Que le vaya bien en el resto del camino, se despide Manuel María
—Y a ustedes también, muchachos. Que el Creador los acompañe, los
ilumine, les dé prudencia y sabiduría, y si es necesario, valor para
enfrentarse al mal. ¿Demoran en el pueblo?
—Eso depende viejito. Chao amigo, recalca Luis Felipe.
Entretenidos hablando de todo un poco, no habían comentado el aspecto
del clima. Ambos habían nacido en el pueblo, al cual se dirigían. Sabían cómo
el sol castiga el medio ambiente, tal si fuera una misión la de poner arder
hasta a la tierra misma. La tierra que conocían como a sus manos y que en más
de una ocasión habían sentido dolorosamente en las plantas de los pies o en los
dedos de los mismos, al tropezar en el verano con pedazos del suelo cuarteado
por falta de agua, parecidos a las piedras o los orígenes de las rocas que
habían observado en otros lugares del país, afilados, duros, hasta el punto de
que los animales los evitaban.
Sí, habían entrado a la zona pero el cansancio, la carga de las
maletas, las fuertes botas de cuero que les robaron a dos compañeros en el
cuartel militar y que se tornaban pesadas a medida que se andaba, el sudor que
les empapaba las vestiduras, que se venía a chorros desde el centro de la
cabeza y bajaba por la cara, la nuca, el cuello, implacable por el hilo de la
columna vertebral, les permitió el cambio ambiental que ni cuenta se dieron de
que pasaban del bochorno a una especie de clima paramuno, como lo acababa de
afirmar el viejo vaquero. La densa
neblina gris parecía estar congelada. Algo extraño en la tierra en la que
habían llegado al mundo, o, tal vez, pensaron en el mismo momento, se habían
equivocado de camino y en vez de dirigirse a la costa se habían precipitado a
un pie de monte como muchas veces pasa en el interior del país en el que
permanecieron seis años.
Seis años alejados de la tierra, de la que se habían volado en la
práctica, ofreciéndose de voluntarios para pagar el servicio militar
obligatorio, pero obligatorio para los humildes, porque jamás, fuera de los
oficiales, vieron a un hijo de la élite como soldado raso. Y se entregaron sin
vacilar porque creyeron que era mejor que dejarse bendecir en matrimonio por el
padre Guerra, el cura de moda por ser del pueblo y haber jugado y burreado
juntos hasta que, también huyendo, como lo afirmaban, se metió a un seminario
de donde regresó con sotana y tonsura, para vivir por muchos años suspirando en
una mecedora que colocaba debajo del alar y miraba desde allí a la plaza de la
Cruz, en donde los Nieves, los Castro, los Ortega, los Pacheco, los Salinas y
muchos otros, pasaban el día jugando, con evidente deseo de echar la sotana a
un lado y meterse en los juegos de bola de caucho, o en los de trompo en la
hoya, o el cabe y hoyo, o la elevación de barriletes con cuchillas de afeitar
en las colas para cortar el hilo de los otros. Es decir, volver a lo que había
sido parte de sus vivencias de niño y parte de juventud, antes de encaminarse
al servicio de Cristo, antes de embutirse el fúnebre vestuario de los curas,
que él mismo decía debía ser negro para demostrar que habían muerto para el
resto de las cosas que no fuera servir a Dios. Y ya entonces, recordaban, cómo
eran de largas las polémicas sobre el color de las vestiduras. Uno de los dos
insistía en que Dios es alegría y los curas deberían vestirse como los
peloteros, o sea un bombacho de rayas verticales, fondo blanco con rayas
azules, y en el pecho, en letras grandes la palabra CRISTO y en la espalda un
número. Es decir, el uniforme de los Yankees, y el padre Guerra aprovechaba
para decir por qué no el uniforme de los Dodgers de Brooklyn y la polémica
pasaba entonces a establecer cuál de los uniformes de los equipos de grandes ligas
era el más apropiado para que los curas pudieran atraer feligreses. Y a pesar
de que ambos eran de raza negra, concluían que el otro cura nuevo, y del mismo
barrio no debía vestirse de pelotero sino de golero, por mala gente y por
negro. “Que siga siendo golero”, concluían.
Desde aquella noche en que la comisión reclutadora cerró el teatro por
los cuatro costados, cambió la vida de ambos. El cuartel no era el paraíso
terrenal, tampoco era cierto que fueran “fuerzas gloriosas”, hombres arrojados
y con suficiente valor, nada que se asemejara a la propaganda oficial. Lo único
cierto es que habían sido conducidos a un cuartel, entregados a la infame tarea
de un sargento mayor que los miraba y los consideraba perros callejeros a los
que, a falta de dueños, podía atropellar de cualquier forma y en todo tiempo y
lugar. Pero ellos soportaron con paciencia. Se convencieron a sí mismos, que si
los otros ciudadanos nada decían ni hacían para morigerar el tratamiento, ellos
menos. Era mejor sobarle la espalda al sargento, besarle las botas al suiche
hijo de puta que les había tocado en suerte, peor que el sargento, pero
careciendo hasta de la fruición de su subalterno para maltratar a los
soldados. A pesar de ser soldados rasos,
entendieron que el suiche lo único que podía ofrecerles era una muerte segura
si por desgracia le tocaba dirigirlos en los combates con los bandoleros.
Ellos, con unos cuatro meses de entrenamiento, debían enfrentar a un enemigo
cuyos integrantes habían nacidos en el monte y en medio de los grupos
bandoleros. Lo que significaba que los bandoleros conocían mejor el terreno y
estaban más, muchísimo más fogueados en asuntos de combate. El suiche, que se
moría por aparecer con autoridad y conocimientos, le tocaba, en medio del
monte, si el sargento no estaba cerca, pedirle consejos al soldado distinguido
o al cabo, que en la materia podían dictarle clases. Y a los dos les satisfacía
aquello. Supieron mantenerse cerca de todo lo que representara lucha, pero no
se dejaban apreciar de los oficiales. Solamente sus compañeros, la mayoría de
ellos del interior del país, que en momentos graves recibieron la ayuda de los
que calificaban como cobardes por ser costeños, solamente buenos para hacerle
el amor a las burras y moverse en una sala de baile, lo sabían. No fue de inmediato el cambio, pero sí creció
en la medida que pasaban los días y arreciaban los combates en las altas
montañas, en los picachos, en los páramos, en lo alto de la sierra, o en las
extensas llanuras de la tierra de los hombres bravos, que jamás habían aceptado
ser esclavos de nadie. Del país, los toches hijos de puta, como ellos mismos se
llamaban, y los llaneros, sí que podían cantar el bambuco que asegura que no se
baja la cabeza para que le coloquen el yugo o aquel joropo que señala que por
debajo el caballo y por encima el sombrero. Eso lo aprendieron escuchando las
canciones. Los costeños apenas tarareaban sus porros y sus cumbias, por carecer
de acompañamiento. La banda del batallón apenas, en las veladas culturales o en
las retretas de los sábados por la noche, para alegrarle el fin de semana a las
esposas de los oficiales, interpretaba valses y sinfonías. Es que, en este
país, la música no parece entrarle al alma a los que los dirigen, y para
desgracia, el pueblo no entiende eso de preludios, in crescendo ni sonatas,
porque ni siquiera la música nacional se les enseña a los muchachos.
Recordaban la primera salida al monte en son de lucha. Un capitán fue
encargado de dirigir la tropa. Un poco gordo, de mediana estatura tirando a pequeño,
con unas entradas en el pelo de la cabeza que lo sentenciaban desde la juventud
para ser calvo en la ancianidad, unos gruesos bigotes con los que se fue a la
tierra donde se pierden todas las esperanzas, pero con un bagaje en el combate,
en la vida en permanente peligro en medio de las selvas y un esmero por el
mejor trato a los soldados, por considerar que de nada le servía el grado de
Capitán, si sus soldados salían corriendo dejándolo en medio del fuego.
— ¡Muchachos! Si uno de ustedes se deja coger del miedo y sale
corriendo, si huye del campo de batalla, puede ser una manera de matarme. Pero
si logro salir con vida, el desertor se muere, esté donde esté. Ustedes mismos,
estoy convencido de ello, saldrán a buscarlo. Un soldado que abandona a sus compañeros
es no solo un soldado muerto, sino un piojo que pone en peligro las cabezas de
los demás. Yo no les pido que sean héroes. No pretendo que se mueran peleando
hasta derramar la última gota de sangre. Esas son mariconadas poéticas, y los
poetas, como todos ustedes saben, no visten uniforme militar.
La realidad es más cruel. Lo único que les pido es que se consideren
mis hijos, que me vean como a un padre. Es cierto que, si acaso puedo ser
hermano mayor de ustedes, pero el tiempo que llevo en esto, me elevan y me dan
otra condición. No sean mis esclavos, solamente mis compañeros de lucha. No
tengan ni miedo ni prevención alguna para tratarme como a uno de ustedes.
Solamente cuando nos toque como señoritas obedecer las voces para el desfile
militar, o cuando esté otro oficial en medio, me darán el título. Nada más.
Somos compañeros para dar muerte o para recibirla. Vamos entonces a luchar, con
valor, y a no dejarnos matar de los bandoleros, hermanos equivocados, según los
políticos.
Así, y con un simple movimiento de mano, se inició el desfile hacia los
exteriores del cuartel rumbo a la alta montaña en donde los bandoleros los
esperaban. Desde entonces el Capitán Almanza Amaya, fue el ídolo de la tropa.
Nadie, de las nuevas promociones, había estado bajo su mando, pero al retornar
al cuartel, cientos de soldados pedían el traslado a la compañía que mandaba,
que había regresado con la totalidad de sus hombres y una lista considerable de
bajas enemigas, pero el Capitán Almanza decía que ya había domado sus potros y
que no quería más bajadas de cuajo del caballo de la lucha, porque se podía
romper el cuello. Pero ese éxito los llevó a ser enviados donde quiera se
presentaran situaciones difíciles, insuperables para el soldado común. Almanza
Amaya los adiestraba en la medida en que pasaban los días en la montaña, tan
eficientemente, que el soldado Lucero, un pastuso, fue exaltado en una
ceremonia en cercanías del páramo del Almorzadero, en el que se enfrentaron al
terrible Efraín González, un verdadero gladiador en el momento de los combates.
El pastusito, tema de todos los chistes y blanco de todas las burlas, que dio
de baja a más de cinco enemigos, se mostraba después cabizbajo, triste y
meditabundo. El Capitán le preguntó qué le pasaba y él, sin empachos, le
respondió que jamás pasó por su mente enfrentarse a un hombre como Efraín
González, al que su padre, hermanos y demás familiares, como conservadores, le
habían erigido en sus mentes y sus corazones como a un ídolo y parte de la
historia nacional.
A eso de las cinco de la tarde y cuando el sol desaparecía y solo
dejaba una tenue iluminación que se colaba por los ramajes de los árboles, la
compañía se formó para la relación de la tarde. El capitán dijo entonces:
—Muchachos, todos ustedes se portaron desde anoche hasta el mediodía de
hoy, como unos verdaderos cojonudos, como hombres de pelo en pecho,
piernipeludos y con el ano endurecido para que el miedo no brotara por ningún
lado. Ese y así, es el soldado, que me encanta dirigir. Yo no quiero
blandengues, porque las natillas solamente me las como en el calor de mi hogar,
junto a mi esposa y a mis hijos. Una vez más he demostrado que no me equivoqué,
y llegado a este punto, con toda la libertad, pido a los oficiales,
suboficiales y distinguidos a pasar a mi lado y darle la espalda a la tropa,
invito a mis soldados a que rompan filas, hagan un solo grupo y griten, ojalá a
una sola voz, cuál de mis hombres, con grado o sin él, consideran fue el mejor
en este día. Les recuerdo que cuando llegué, casi todos me pidieron que
cambiara al suiche, es el momento de que me informen si aún tienen el mismo
sentimiento. Esto no lo verán jamás en otra compañía ni en otro ejército. Si me
dieran a escoger, desistiría en señalar cuál de ustedes fue mejor. Una segunda voz, también a coro, será decirme
a quién de sus compañeros consideran fue el más destacado en el combate.
Esperen y me doy la vuelta ¡Ya!
La tropa no formó ningún grupo, prefirieron designar al soldado Medina
como vocero, y éste dijo:
—Señor, tenemos la respuesta, pero no queremos darla a sus espaldas
sino a su frente. Usted nos ha enseñado que lo mejor es dar la cara, y vamos a
darla, por decisión de todos.
El Capitán Almanza Amaya y los demás se pusieron frente a la tropa, y
Medina continuó:
—Los problemas con el suiche quedaron superados. Tal vez él conocía
menos que nosotros los asuntos de la guerra. Nosotros somos hombres del común y
en donde vivimos, lo hacemos en lucha permanente. Cada día nuestro es una
guerra. Si algo debemos hacer ahora, es solicitarle que el suiche siga con
nosotros hasta que cumplamos el período de servicio, porque dejó de ser el niño
bonito y engreído y ya sabe que, si no atiende a los que saben, jamás será un
buen oficial. Hoy, y todos lo vimos, peleó como el que más. Ni un paso atrás,
ni una mueca de disgusto o de miedo, ningún reproche. Somos, ahora sí, hermanos
de lucha. En cuanto al mejor de los hombres, todos optamos por señalar al que
se lo merece. Un hombre que no fue inferior a nada. Que tal vez arriesgó más de
lo debido. Todos pedimos que, si hay alguna exaltación, un premio, ello sea
para el pastucito Lucero. ¡Ese sí fue hoy el mejor de sus soldados, Capitán!
La exclamación de la tropa se hizo a un solo grito, llena de
satisfacción, orgullosa de haber escogido al mejor del día. El Capitán dijo
entonces:
—Hace una hora pregunté al soldado Lucero qué le preocupaba y me
informó que él y su familia son todos conservadores, y que jamás pensó pelear
contra Efraín González. Por eso le recalqué que, si era eso lo que lo perturbaba,
le recordaba que cuando nos enfrentamos por los lados de Guayabero con la gente
de Tiro Fijo, ustedes me felicitaron por el valor en la lucha y los resultados
obtenidos en el combate. Tiro Fijo es liberal, yo soy liberal, pero, ante todo,
soy soldado de la patria. Por esa razón le digo a Lucero y a todos ustedes que
no vuelvan a pensar en pendejadas de esas, porque esa es la razón potísima que
prendió esta lucha entre hermanos. Aquella vez, y esta vez, solamente me duele
una cosa. Tiro Fijo y Efraín González, escaparon. Ojalá que, en una próxima
ocasión, logremos coronar el objetivo principal. ¡Lucero, felicitaciones y siga
siendo un buen soldado de la patria!
Todos esos recuerdos fueron la base de sus comentarios escuchados por
el viejo vaquero. Habían pasado seis años maravillosos en la prestación del
servicio militar y de humildes y callados jovencitos se habían convertido en
hombres que se jugaban la vida en los combates, montaña adentro, contra los
bandoleros de los dos partidos, unos llamados así, bandoleros, los del partido
liberal, y popol o chulavitas, los del partido conservador, llegando a la
conclusión de que nada cambiaba ni diferenciaba a los dos. Asesinos que
aprovechaban a los campesinos inermes para mostrarlos como feroces
combatientes, mientras que los criminales reales, departían en las ciudades con
las supuestos dirigentes. El suelo de la patria se había tornado en rojo con la
sangre de las tres partes. La muerte era la consigna. Y los verdaderos soldados
peleaban con denuedo sin saber en verdad qué era lo que hacían, porque todo se
confundía en las palabras de uno y otro dirigente, que mientras azuzaban a los
humildes a combatir, departían amigablemente en los salones sociales con el
“enemigo”, con el que había que acabar “a sangre y fuego” montalvino. Por esas
razones idolatraban al Capitán Almanza Amaya. Les decía la verdad. Desnudaba
ante ellos a los principales criminales, los de lazo y corbata, los canangueros
o los fariños, porque el pachulí, el menticol y el tabú solamente los usaban
los del “inepto vulgo”, o lo que es lo mismo, ellos, los pobres de todos los
pueblos del territorio nacional. Pero el Capitán y ellos lo pagaron bien caro y
faltó poco, quizás por la intermediación del coronel Román Bazurto, para que
fueran llamados a consejo de guerra por el delito de traición. Salieron juntos.
A ellos simplemente les cambiaron el uniforme por el vestido de civil, pero al
Capitán lo sometieron a la denigrante ceremonia de quitarle las barras en la
plaza de armas. El que más tarde sería Teniente General Jefe Supremo “y
salvador” de la patria, aceptó las maquinaciones de quien fue a Corea sin
mérito alguno sólo para adelantar un curso de tortura de prisioneros. Siendo
ellos los mejores soldados del momento, fueron ignorados y sacados de la lista
de quienes viajarían al país asiático a matar chinitos para deleite de los
monos del imperio del norte. A los del imperio no les agradaba que soldados de
otros países pudieran demostrar que eran superiores a sus soldados. Solamente
querían pendejos para llevarlos al Monte Calvo, algo así como el monte Calvario
del hijo de Dios, para ver cómo los destrozaban a punta de metralla. También el
asunto tenía su objetivo: Alebrestar a los países dependientes y los hijos de
los mismos produciéndoles escozor y odio hacia los coreanos por las masacres de
sus paisanos. Pero en este país, dijo Luis Felipe, qué odio nuevo nos pueden
vacunar si no alcanzamos a derramar el que ha ido naciendo con diferentes
nombres en el transcurso del tiempo, desde aquel momento en que un malversador
de fondos del Reino no encontró otra manera de ocultar su delito que hablar de
derechos del hombre y la necesidad de la independencia.
— ¿Cuántos muertos crees que haya producido la violencia en nuestro
país desde entonces?
—Solamente dos seres saben el número exacto, responde Manuel María.
— ¿Quiénes?
—Dios y el Diablo, que también se han dado sus mañas para desocupar
este planeta, pero con mayor énfasis y silenciosamente, este país.
Decidieron acampar bajo un frondoso almendro que encontraron a unos
cien metros del camino. Sabían que estaban cerca del poblado al que se
dirigían, pero no consideraron prudente llegar de noche si la situación, como
la había pintado el vaquero no era de calma como pensaron. Allí también había
llegado la ola de violencia. Antes de dormirse, Manuel María se refirió al
momento en que salieron de las filas y le preguntó a su compañero:
— ¿Te has dado cuenta de que la violencia de acá de la costa es
diferente a la del resto del país? No hemos encontrado ningún pueblo arrasado
ni osamentas en las veras de los caminos, ni fincas y haciendas abandonadas a
la de Dios. Si se mira distraídamente, por aquí nada ha pasado.
—Si no fueras costeño, diría que desconoces lo que nos enseñaban en el
colegio, esa vaina de idiosincrasia. Los costeños somos diferentes. Tanto, que
por lo menos yo, sufría los vejámenes verbales de los paisas y los cachacos.
Por eso la violencia por acá debe ser diferente. A nosotros nos infunden miedo
sólo con amenazarnos y evitamos hasta lo indecible pelear con otro compatriota.
Pero a la hora de la verdad, cuando se nos revuelve el estómago de tanto
aguantar, somos más corajudos que los interioranos, y si me lo preguntas, más
sanguinarios que ellos. Nosotros sí que reunimos las etnias más peligrosas del
planeta. Tenemos sangre de asesinos españoles que son los más tramoyistas de
Europa. Tenemos supuestamente sangre latina, pero no de la parisina elegante y
pomposa, sino de los tugurios, en donde la miseria y el crimen son la misma
cosa. Estamos pringados de sangre inglesa, la que se distingue por lo
hipócrita. Te tienen el dedo que ya no pasa si no te meten la mano y se hacen
los santurrones. Descendemos de italianos, que aún se creen dueños del mundo
por aquello de la Roma imperial. Pero la peor plaga vino del desierto. Judíos
que se mimetizaron con los españoles y árabes que llegan por oleadas y le
causaron la ruina al viejo Zabala, por lo que la tienda se ha quedado sola. Los
bultos de tela perdieron el color de tanta cagarruta de mosca que les cae.
Repentinamente quedan en
silencio con la hierba sobre la que se acuestan y sin poder apagar la lámpara
que allá, sobre un claro cielo veranero, les vigila constantemente hasta que se
impongan los otros rayos, los ardientes del sol.
“Servimos en el mismo batallón, finalizando la campaña. Yo llevaba tres
años de guerra, así que, cuando llegaron, me parecieron niños. No era mucho más
viejo que él, a lo sumo un par de años. Pero así es la guerra. Te madura y te
pudre…”
“Entonces pareció reaccionar. Estaba realmente aterrorizado. Prefería
cerrar los ojos y morir. Eso ocurre con mucha frecuencia. ¿No es curioso?”
Es lo de menos. Lo que le gusta a la gente de los relojes viejos es que
no anden. Así piensan que son más viejos”.
“¿Pero de qué vale eso ahora, si son recuerdos? A nadie le importaría.
ALGO PARA OLVIDAR. Cuento de Gustavo Eruguén. Cubano.
“Animal de campo criado casero, ni sirve para la casa ni sirve para el
potrero”. Aforismo centramericano citado por Pablo Antonio Cuadra en el cuento
AGOSTO. Nicaraguense.
“Chi va piano, va sano et va lontano”, Salvatore Pignalosa.
- No se sapo si era el título real o
provisional.
FIN
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